Hundir
la pisada. No poca dicha estar cerca del parque
y recorrerlo
sin gente luego
de la lluvia, piso
lo húmedo y blando que
amortigua el
desgano y el invierno,
toco el
color vivo del pasto, hojas y troncos, eludo el
barro no sin fantasear con dejarme caer de cara, planchado de brazos
abiertos sobre él. Pero no, no esta vez. Me contento con bordear
charcos y apoyar la melancolía en la hamaca húmeda, vacía. El niño
no está, claro. Acepto con nostalgia que por momentos aún lo busco
y con más razón en el parque. Aquel niño, aquel parque, aquel aire
imprescindible.
Inhalo hondo
y lento mientras
se suelta
una lágrima; estoy lleno y es posible que reviente. Sí, no
es una utopía reventar; de hecho hasta hay festivos espectáculos de
gobierno donde destruyen una obra maestra y la gente se pone de pie y
aplaude; le llaman implosión a eso de reventar hacia adentro; ¿por
qué yo no? viernes, 14 de agosto de 2015
del barro
Hundir
la pisada. No poca dicha estar cerca del parque
y recorrerlo
sin gente luego
de la lluvia, piso
lo húmedo y blando que
amortigua el
desgano y el invierno,
toco el
color vivo del pasto, hojas y troncos, eludo el
barro no sin fantasear con dejarme caer de cara, planchado de brazos
abiertos sobre él. Pero no, no esta vez. Me contento con bordear
charcos y apoyar la melancolía en la hamaca húmeda, vacía. El niño
no está, claro. Acepto con nostalgia que por momentos aún lo busco
y con más razón en el parque. Aquel niño, aquel parque, aquel aire
imprescindible.
Inhalo hondo
y lento mientras
se suelta
una lágrima; estoy lleno y es posible que reviente. Sí, no
es una utopía reventar; de hecho hasta hay festivos espectáculos de
gobierno donde destruyen una obra maestra y la gente se pone de pie y
aplaude; le llaman implosión a eso de reventar hacia adentro; ¿por
qué yo no?
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