Con la idea fija de hincarle el diente a la desdicha cotidiana, me dije ¡basta! No pasa de hoy que logre hallarle un culpable. Y ando ahí, cerquita, respirándole en la nuca. Entre un rico artículo que vi por ahí (y compartí), más una (la) neurona inquieta que hoy me raspaba incansable detrás de la oreja izquierda, parió una primera conclusión: nuestra insatisfacción existencial es hija de la mala educación y el falso sistema de creencias trasmitidos por los siglos de los siglos, y dado por bueno de modo natural e inconsciente. Paraísos creados por religiosos creyentes, mundos de bondad y belleza inventados por creyentes paganos. Dioses buenos e ideales de libertad, igualdad y fraternidad, y perfección y el hombre nuevo. Nada de eso existe, ni existió.
lunes, 11 de noviembre de 2013
jueves, 7 de noviembre de 2013
Caprichos
Capricho creador que nos hizo débiles, tan jodidamente débiles.
Claro que no nos dejó así nomás: puso el discernimiento, como para ir separando un poco paja de trigo; agregó una dosis de libertad como para desafiar a ver qué hacíamos con eso. Y para terminar de complicarla puso ese toque singular y definitivo para que la historia sea como es: la voluntad.
Y ahí tenemos esa montaña de miseria que somos, con
discernimiento para el control remoto de la tv o para el me gusta del facebook;
la libertad para consumir, putear y
votar; más una voluntad corroída por la única y falsa creencia de que sólo un
poco de placer tiene sentido para aliviar el dolor. No existe nada más. O casi.
Y sí. Soy -también- eso. Los caprichos no piensan en el desenlace a largo plazo.
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