Para quien navega en el dolor existe una
orilla y se llama alivio. En la sala de espera abrí al azar la primera
revista que encontré y un titular
anestesió de un toque a la jodida muela: “Montevideo, ciudad elegida como mejor
lugar para vivir.” No la elijo ni para morir, pensé. Enseguida pude ver que era
la página de humor. Abandoné el artículo pero quedé prendido en el planteo con
el agrado no consciente de que la muela ahora no molestaba.
¿Es tan mala ciudad?, me pregunté. No hay
“una” ciudad. Es una para el turista que vino por seis horas y otra para el que
vino por seis días. O si visitó amigos y conoció más lugares no
turísticos, casas diferentes. Si nací
en Carrasco al sur, o Cerro o Borro, no veo la misma ciudad. El camino de
vuelta del dentista lo disfruto entre bonitas casas de barrio, es tranquilo y
con un tramo de parque, pero si me doliera la muela, no sería igual. Y si
tuviera hambre o me faltara abrigo,
tampoco. La baldosa de la vereda es distinta si la pisa un champión con
cámara de aire, un pie descalzo o una suela
rígida con taco alto. Si salí de trabajar o estoy de paseo o si no trabajo. Si
crecí en esta ciudad entre abrazos o entre palos, tendré una mirada con las
marcas de eso.
No veo una ciudad sino muchas fragmentadas
con un sinuoso muro móvil que crece por lo largo y alto. El grito en el cruce
de la esquina y el destrato en la cola del súper, los dueños de toda verdad con
capacidad de ofensa irrestricta en el mundo virtual, el afecto de ese otro con
quién más comparto también tiene su muro de ajenidad intolerante. El rico teme
por sus posesiones, el pobre por la condena a no ser y el del medio mira como
en partido de tenis, teme a un poco de ambas y a la culpa de no hacer nada para
cambiar algo. Humanos egóticos comidos poco a poco por más y más miedo que
refuerza la división con rejas, alambrado eléctrico, perros-fieras, cámaras,
alarmas y más alarmas, que no falte el ruido. Alarmas en casas, autos,
comercios, y no sabemos ni importa si viene una ambulancia, la policía o
bomberos. Y por si algún silencio logra meterse, tengo auriculares para el
celular. Y pantalla por delante para no ver. Bienvenida, tormenta de estímulos
que tape los gritos de miseria que nos aturdirían desde el silencio hoy tan
esquivo. Modernidad líquida, le llaman a ese lago oscuro y difuso de miedos e
histeria que baña de supuesto aire colectivo a nuestra ciudad.
Allí navego día tras día en el intento infantil de huir, autoengañado
de no pertenecer a ese lugar, nado en un
capricho eterno de braceo estéril, condenado a ser consciente algún día de que
abandoné una orilla y que no llegaré a la otra. No llegaré y seré de ninguna
parte. Lo asumo. Pero ante quien sostenga que solo existe el río y no existen
las orillas, diré que admiro la poesía pero -por favor- que el verso ansioso tras la belleza no
atropelle al alma, y menos aún si
ella flota, sola, en medio de la
correntada con la esperanza intacta.




