Monstruo.
No
veo qué necesidad hay de fijar una
consigna que es
solo una palabra y de hecho contraría
nuestro elemental código iniciático de seis artículos. No
son tantos los térMminos
que
tienen esa molesta
propiedad
musical de cuatro consonantes juntas: sin que sea una mera
transgresión de por sí, puede ser bueno abstraernos por un instante
y
en una breve constricción de sentido, recurrir
al instrumento que permita deconstruir
un
significante
sin obstrucciones para circunscribir el texto a la solicitada
monstruosidad. Disgresión.
Perdón, continúo. Imaginé
a Emilia, mi ahijada, ella
y yo en
lo mejor de la lectura de un cuento: “¿Quésh un mostro, Pino?”
Había
girado la cabeza y me miraba de frente con entrecejo arrugado y muy
seria; la respuesta debía ser sin dobleces.
Me alivia que surja ahora, antes de que en
verdad eso llegue a ocurrir.
Una
primera aproximación me obliga a distinguir dos
clases de
monstruos:
los que admiro y los que temo.