lunes, 20 de julio de 2015

un sueño partido

La primavera montevideana tiene ese encanto que de un soplido de aire tibio puede darse lo inesperado. Comí un almuerzo ligero, la mochila con abrigo liviano por las dudas, las tardecitas traicionan; gorro, lentes, algo de dinero y la cámara. El parque garantiza bajo esfuerzo de desplazamiento y un día así congrega mucha gente, paseo, juegos en el pasto, mascotas, bicicletas, pelotas, hamacas;  excusas varias para posibles buenas fotos del paisaje familiar dominguero. Quizá salí demasiado temprano, éramos bien  pocos los paseantes.  Me arrimé a una acacia con amarillos muy marcados; el tronco creció arqueado hasta apoyar en el suelo, con lo que dibujaba atractivas curvas entre follaje y flores, con buenos contrastes. El olor de la flor era un amargo-seco intenso, pero apenas me acerqué al pasto tras un ángulo favorable de enfoque, los rastros fecales quien sabe si humanos o caninos, barrieron de un soplo toda poesía olfativa; hice tres o cuatro disparos desde una incómoda posición que buscaba evitar apoyar siquiera una rodilla en el suelo y cuando ya decidí que era suficiente el malestar, me intenté poner de pie apoyado en lo que creí sería una piedra, pero no, cedió a la presión y caí sobre mi costado derecho mientras lograba mantener la máquina a salvo. Una caja de cartón gris, como de zapatos, cerrada con varias vueltas por lo largo y ancho con cinta de embalaje.