La primavera montevideana tiene ese encanto que de un soplido
de aire tibio puede darse lo inesperado. Comí un almuerzo ligero, la mochila
con abrigo liviano por las dudas, las tardecitas traicionan; gorro, lentes,
algo de dinero y la cámara. El parque garantiza bajo esfuerzo de desplazamiento
y un día así congrega mucha gente, paseo, juegos en el pasto, mascotas,
bicicletas, pelotas, hamacas; excusas
varias para posibles buenas fotos del paisaje familiar dominguero. Quizá salí
demasiado temprano, éramos bien pocos
los paseantes. Me arrimé a una acacia
con amarillos muy marcados; el tronco creció arqueado hasta apoyar en el suelo,
con lo que dibujaba atractivas curvas entre follaje y flores, con buenos contrastes.
El olor de la flor era un amargo-seco intenso, pero apenas me acerqué al pasto
tras un ángulo favorable de enfoque, los rastros fecales quien sabe si humanos
o caninos, barrieron de un soplo toda poesía olfativa; hice tres o cuatro
disparos desde una incómoda posición que buscaba evitar apoyar siquiera una
rodilla en el suelo y cuando ya decidí que era suficiente el malestar, me
intenté poner de pie apoyado en lo que creí sería una piedra, pero no, cedió a
la presión y caí sobre mi costado derecho mientras lograba mantener la máquina
a salvo. Una caja de cartón gris, como de zapatos, cerrada con varias vueltas
por lo largo y ancho con cinta de embalaje.