La mañana se anunció incómoda antes de abrir los ojos.
De hecho, logré reaccionar cuarenta minutos después del despertador. Corrí
hacia la ducha en una casi desesperada búsqueda de acomodar el cuerpo con
el alma, pero no había agua; supe luego que se trataba de reparaciones en el
edificio, por cierto no anunciadas. Respiro hondo, me visto con lo primero que
encuentro y cuando me propongo desayunar no había leche ni yogur. Pues, buenas
son las manzanas y queda una. Ajusto el equipaje diario lentes, documentos,
y me dispongo a salir rumbo a la oficina. Mal arranque del día y algo peor si
es lunes.
En el momento en que abro la puerta del edificio me encuentro a un niño sentado en el escalón, con la cabeza hundida entre las rodillas; se sobresaltó al verme; se veía vulnerable en el rostro tímido y cuerpo flaco de no más de cinco o seis años. También yo algo sorprendido improvisé: “¿esperas a alguien?”. Solo dejó salir un suave gesto de negativa y perdió la mirada hacia el frente por unos segundos antes de hundir la cabeza de nuevo, mientras contestaba muy bajo: “No, no espero a nadie”. No espero a nadie. La frase tocó en algún lugar dentro, no sé exacto qué, pero molestó en la boca del estómago. ¿Querría hablar o pedir algo? Quedé inmóvil unos segundos sin saber qué hacer, si es que debía hacer algo. Enseguida pude ver un hombre adulto en la vereda de enfrente con otro chico, menos pequeño, llamando a una puerta. Con ello sentí que quedaba más o menos armada la composición de lo que ocurría, y si bien aún estaba tocado, decidí continuar el camino.
En el momento en que abro la puerta del edificio me encuentro a un niño sentado en el escalón, con la cabeza hundida entre las rodillas; se sobresaltó al verme; se veía vulnerable en el rostro tímido y cuerpo flaco de no más de cinco o seis años. También yo algo sorprendido improvisé: “¿esperas a alguien?”. Solo dejó salir un suave gesto de negativa y perdió la mirada hacia el frente por unos segundos antes de hundir la cabeza de nuevo, mientras contestaba muy bajo: “No, no espero a nadie”. No espero a nadie. La frase tocó en algún lugar dentro, no sé exacto qué, pero molestó en la boca del estómago. ¿Querría hablar o pedir algo? Quedé inmóvil unos segundos sin saber qué hacer, si es que debía hacer algo. Enseguida pude ver un hombre adulto en la vereda de enfrente con otro chico, menos pequeño, llamando a una puerta. Con ello sentí que quedaba más o menos armada la composición de lo que ocurría, y si bien aún estaba tocado, decidí continuar el camino.
