domingo, 19 de abril de 2015

Tarea taller: Monstruo

Monstruo. No veo qué necesidad hay de fijar una consigna que es solo una palabra y de hecho contraría nuestro elemental código iniciático de seis artículos. No son tantos los térMminos que tienen esa molesta propiedad musical de cuatro consonantes juntas: sin que sea una mera transgresión de por sí, puede ser bueno abstraernos por un instante y en una breve constricción de sentido, recurrir al instrumento que permita deconstruir un significante sin obstrucciones para circunscribir el texto a la solicitada monstruosidad. Disgresión. Perdón, continúo. Imaginé a Emilia, mi ahijada, ella y yo en lo mejor de la lectura de un cuento: “¿Quésh un mostro, Pino?” Había girado la cabeza y me miraba de frente con entrecejo arrugado y muy seria; la respuesta debía ser sin dobleces. Me alivia que surja ahora, antes de que en verdad eso llegue a ocurrir. Una primera aproximación me obliga a distinguir dos clases de monstruos: los que admiro y los que temo.
Wilson, el librero de la esquina frente a la Española, allí en la vereda, es del primer grupo. Antes que alguien me observe, aclaro: no es una opinión: es un monstruo. Entre menos dos y más treinta y ocho grados, desde la primer luz del día y hasta la última, está allí sin falta, sin derroche alguno de simpatía ni amabilidad, la corrección debida y ningún gesto forzado. Cada movimiento tan cuidado como cada libro al que enfunda en nailon cual impecable estuche. El orden de la mesa y los improvisados estantes, el lugar donde se sienta y hasta la postura: espalda recta, mirada atenta y gesto ecuánime. Cada noche toma el ómnibus hasta Cibils y la Boyada y al bajar camina un kilómetro para llegar a su casa pasadas las 22, y las 6 saliendo de nuevo. Un monje zen. Más monje que muchos monjes en pleno ruido de bulevar Artigas y con más votos de compromiso vital que cualquier religioso (que yo conozca, al menos). Otro día les cuento de Valentín, un alegre dominicano que trabaja en el puesto de frutas y verduras del súper; canta, ríe y reparte generoso una entusiasta mezcla de piropos y halagos dentro del rango etario de los 90 días a los 120 años y sin importar género, se luce en pasos largos con un llamativo y agradable contraste de boca muy llena de dientes muy blancos y el metro noventa de humano recubierto de piel negra lustrosa. Valentín y Wilson son en sí una historia que merece ser bien contada y no ésto. Además no son los monstruos por los que Andrés nos convoca ni por el que me pregunta Emilia.


De arranque quise empezar por este, por el tema-palabra de consigna, pero como se ve, lo pateo para adelante. Hace bien poco una amiga -o casi, de las que uno quisiera que fuera más amiga-, me enseño la palabra que define lo que ahora -y en la vida he hecho-: procrastinar. Ese sí, es un monstruo jodido. Un terrible monstruo de los no admirables, no menos cruel y perverso que cualquiera de la mitología, y sin embargo él es tan cotidiano y propio de la débil condición humana que logra plantarse en la cocina, dormitorio, baño u oficina, sin provocar alarma ni griterío alguno. Para nada. Grande no es y pequeño tampoco, ni tan feo y mucho menos extraordinario. No tengo del todo claro su fisonomía, sin embargo él me es tan evidente y real como la pantalla que tengo frente o el teclado bajo los dedos en este instante. No causa espanto, en absoluto. Es sutil. Es un corte indoloro de fino bisturí que se apoya y presiona suave, con la paciencia de quien es rico de tiempo, y corta ahí justo, donde más duele el sentido de existir, corta y condena a amenaza perpetua de su dominio sobre cada espacio de mis -supuestas- libertades.


Tiene una cabeza mínima, con lo necesario para ser el soporte de un ojo como pelota de tenis, pero de vidrio. Algo así como esas cámaras de vigilancia muy modernas de las que no escapa ángulo alguno. Ángulo alguno. Clarísima infracción al código. Cacofonía anagrámica; pero como es monstruosa, la dejo. Decía que no impresiona demasiado o será que me ganó la costumbre de verlo sobre mí, pero no da miedo su aspecto; da miedo su efecto. Sé lo que él puede hacer y sé cuánto puede hacer él, para que yo no haga. Es miedo, cruel miedo que ni siquiera es mío. Él lo crea, me lo instala como a control remoto y él es quien lo maneja. Él dice cuando me acuesto y cuando me levanto, donde ir y donde no. Para ello despliega unos extensibles largos, muy largos brazos que se adecuan para empujar o sujetar según corresponda. Brazos suaves, cálidos y con movimientos lentos, hasta diría que dulces. Nunca violentos. Se trata de un control operativo y práctico. Y por su supuesto, viene con una razón de ser de fábrica, ajustable a cada uno que se define de modo simple, ni más ni menos por oposición al para qué de cualquier humano que no haya definido el suyo.
No hace mucho pensé que debería tener un nombre, como forma de favorecer la interrelación en nuestros breves y poco cordiales diálogos. Lo llamé Lunes. Nunca un nombre representó mejor los nobles propósitos del pobre bicho humano. La vida se va y Lunes sonríe porque él, claro, siempre está a tiempo de empezar. Sonrisa exagerada, porque sí, no dije pero además de un ojo tiene una boca que da la vuelta completa a eso que podía llamarse cara, cara de nada, ¿y color? No, no tiene color. Es transparente por definición: la idea es no alterar eso que aparenta como real, que al menos por un rato me hace creer que no existe; rato suficiente que lleva la siempre válida y justificada distracción. Si algo me define es tener para cada cosa que debo hacer y no hago, un muy justificado argumento. He tenido -siempre, siempre- muy buenas razones para las mejores omisiones y las más brillantes estupideces. Lunes, San Lunes, nunca faltes en cada procrastinante existencia.



Resumen: no tengo una adecuada respuesta hoy para Emi, y menos para Andrés. Pero esto de ponerle algunas líneas es probable que cambie en algo nuestra relación. Tiempo es lo que no sobra. 

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