Monstruo.
No
veo qué necesidad hay de fijar una
consigna que es
solo una palabra y de hecho contraría
nuestro elemental código iniciático de seis artículos. No
son tantos los térMminos
que
tienen esa molesta
propiedad
musical de cuatro consonantes juntas: sin que sea una mera
transgresión de por sí, puede ser bueno abstraernos por un instante
y
en una breve constricción de sentido, recurrir
al instrumento que permita deconstruir
un
significante
sin obstrucciones para circunscribir el texto a la solicitada
monstruosidad. Disgresión.
Perdón, continúo. Imaginé
a Emilia, mi ahijada, ella
y yo en
lo mejor de la lectura de un cuento: “¿Quésh un mostro, Pino?”
Había
girado la cabeza y me miraba de frente con entrecejo arrugado y muy
seria; la respuesta debía ser sin dobleces.
Me alivia que surja ahora, antes de que en
verdad eso llegue a ocurrir.
Una
primera aproximación me obliga a distinguir dos
clases de
monstruos:
los que admiro y los que temo.
Wilson, el librero de la esquina frente a la Española, allí en la vereda, es del primer grupo. Antes que alguien me observe, aclaro: no es una opinión: es un monstruo. Entre menos dos y más treinta y ocho grados, desde la primer luz del día y hasta la última, está allí sin falta, sin derroche alguno de simpatía ni amabilidad, la corrección debida y ningún gesto forzado. Cada movimiento tan cuidado como cada libro al que enfunda en nailon cual impecable estuche. El orden de la mesa y los improvisados estantes, el lugar donde se sienta y hasta la postura: espalda recta, mirada atenta y gesto ecuánime. Cada noche toma el ómnibus hasta Cibils y la Boyada y al bajar camina un kilómetro para llegar a su casa pasadas las 22, y las 6 saliendo de nuevo. Un monje zen. Más monje que muchos monjes en pleno ruido de bulevar Artigas y con más votos de compromiso vital que cualquier religioso (que yo conozca, al menos). Otro día les cuento de Valentín, un alegre dominicano que trabaja en el puesto de frutas y verduras del súper; canta, ríe y reparte generoso una entusiasta mezcla de piropos y halagos dentro del rango etario de los 90 días a los 120 años y sin importar género, se luce en pasos largos con un llamativo y agradable contraste de boca muy llena de dientes muy blancos y el metro noventa de humano recubierto de piel negra lustrosa. Valentín y Wilson son en sí una historia que merece ser bien contada y no ésto. Además no son los monstruos por los que Andrés nos convoca ni por el que me pregunta Emilia.
Wilson, el librero de la esquina frente a la Española, allí en la vereda, es del primer grupo. Antes que alguien me observe, aclaro: no es una opinión: es un monstruo. Entre menos dos y más treinta y ocho grados, desde la primer luz del día y hasta la última, está allí sin falta, sin derroche alguno de simpatía ni amabilidad, la corrección debida y ningún gesto forzado. Cada movimiento tan cuidado como cada libro al que enfunda en nailon cual impecable estuche. El orden de la mesa y los improvisados estantes, el lugar donde se sienta y hasta la postura: espalda recta, mirada atenta y gesto ecuánime. Cada noche toma el ómnibus hasta Cibils y la Boyada y al bajar camina un kilómetro para llegar a su casa pasadas las 22, y las 6 saliendo de nuevo. Un monje zen. Más monje que muchos monjes en pleno ruido de bulevar Artigas y con más votos de compromiso vital que cualquier religioso (que yo conozca, al menos). Otro día les cuento de Valentín, un alegre dominicano que trabaja en el puesto de frutas y verduras del súper; canta, ríe y reparte generoso una entusiasta mezcla de piropos y halagos dentro del rango etario de los 90 días a los 120 años y sin importar género, se luce en pasos largos con un llamativo y agradable contraste de boca muy llena de dientes muy blancos y el metro noventa de humano recubierto de piel negra lustrosa. Valentín y Wilson son en sí una historia que merece ser bien contada y no ésto. Además no son los monstruos por los que Andrés nos convoca ni por el que me pregunta Emilia.
De
arranque quise empezar por este, por el tema-palabra de consigna,
pero como se ve, lo pateo para adelante. Hace bien poco una amiga -o
casi, de las que uno quisiera que fuera más amiga-, me enseño la
palabra que define lo que ahora -y en la vida he hecho-: procrastinar.
Ese sí, es un monstruo jodido. Un terrible monstruo de los no
admirables, no menos cruel y perverso que cualquiera de la mitología,
y sin embargo él es tan cotidiano y propio de la débil condición
humana que logra plantarse en la cocina, dormitorio, baño u oficina,
sin provocar alarma ni griterío alguno. Para nada. Grande no es y
pequeño tampoco, ni tan feo y mucho menos extraordinario. No tengo
del todo claro su fisonomía, sin embargo él me es tan evidente y
real como la pantalla que tengo frente o el teclado bajo los dedos en
este instante. No causa espanto, en absoluto. Es sutil. Es un corte
indoloro de fino bisturí que se apoya y presiona suave, con la
paciencia de quien es rico de tiempo, y corta ahí justo, donde más
duele el sentido de existir, corta y condena a amenaza perpetua de su
dominio sobre cada espacio de mis -supuestas- libertades.
Tiene
una cabeza mínima, con lo necesario para ser el soporte de un ojo
como pelota de tenis, pero de vidrio. Algo así como esas cámaras de
vigilancia muy modernas de las que no escapa ángulo alguno. Ángulo
alguno. Clarísima infracción al código. Cacofonía anagrámica;
pero como es monstruosa, la dejo. Decía que no impresiona demasiado
o será que me ganó la costumbre de verlo sobre mí, pero no da
miedo su aspecto; da miedo su efecto. Sé lo que él puede hacer y sé
cuánto puede hacer él, para que yo no haga. Es miedo, cruel miedo
que ni siquiera es mío. Él lo crea, me lo instala como a control
remoto y él es quien lo maneja. Él dice cuando me acuesto y cuando
me levanto, donde ir y donde no. Para ello despliega unos extensibles
largos, muy largos brazos que se adecuan para empujar o sujetar según
corresponda. Brazos suaves, cálidos y con movimientos lentos, hasta
diría que dulces. Nunca violentos. Se trata de un control operativo
y práctico. Y por su supuesto, viene con una razón de ser de
fábrica, ajustable a cada uno que se define de modo simple, ni más
ni menos por oposición al para qué de cualquier humano que no haya
definido el suyo.
No
hace mucho pensé que debería tener un nombre, como forma de
favorecer la interrelación en nuestros breves y poco cordiales
diálogos. Lo llamé Lunes. Nunca un nombre representó
mejor los nobles propósitos del pobre bicho humano.
La vida se va y Lunes sonríe porque
él, claro, siempre está a tiempo de empezar.
Sonrisa
exagerada,
porque
sí, no dije pero
además de un ojo tiene una boca que da la vuelta completa a eso que
podía
llamarse cara, cara de nada, ¿y color?
No, no tiene color. Es transparente por definición: la idea es no
alterar eso que aparenta como real, que
al
menos por un rato me hace creer que no existe; rato suficiente que
lleva la siempre válida y justificada distracción. Si
algo me
define es tener para cada cosa que debo hacer y no hago, un muy
justificado argumento. He
tenido -siempre, siempre- muy buenas razones para las mejores
omisiones y las más brillantes estupideces.
Lunes,
San Lunes, nunca faltes en cada procrastinante
existencia.
Resumen:
no tengo una adecuada respuesta hoy para Emi, y menos para Andrés.
Pero esto de ponerle algunas líneas es probable que cambie en algo
nuestra relación. Tiempo es lo que no sobra.
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