La mañana se anunció incómoda antes de abrir los ojos.
De hecho, logré reaccionar cuarenta minutos después del despertador. Corrí
hacia la ducha en una casi desesperada búsqueda de acomodar el cuerpo con
el alma, pero no había agua; supe luego que se trataba de reparaciones en el
edificio, por cierto no anunciadas. Respiro hondo, me visto con lo primero que
encuentro y cuando me propongo desayunar no había leche ni yogur. Pues, buenas
son las manzanas y queda una. Ajusto el equipaje diario lentes, documentos,
y me dispongo a salir rumbo a la oficina. Mal arranque del día y algo peor si
es lunes.
En el momento en que abro la puerta del edificio me encuentro a un niño sentado en el escalón, con la cabeza hundida entre las rodillas; se sobresaltó al verme; se veía vulnerable en el rostro tímido y cuerpo flaco de no más de cinco o seis años. También yo algo sorprendido improvisé: “¿esperas a alguien?”. Solo dejó salir un suave gesto de negativa y perdió la mirada hacia el frente por unos segundos antes de hundir la cabeza de nuevo, mientras contestaba muy bajo: “No, no espero a nadie”. No espero a nadie. La frase tocó en algún lugar dentro, no sé exacto qué, pero molestó en la boca del estómago. ¿Querría hablar o pedir algo? Quedé inmóvil unos segundos sin saber qué hacer, si es que debía hacer algo. Enseguida pude ver un hombre adulto en la vereda de enfrente con otro chico, menos pequeño, llamando a una puerta. Con ello sentí que quedaba más o menos armada la composición de lo que ocurría, y si bien aún estaba tocado, decidí continuar el camino.
El ómnibus no demoró, lo cual trajo un poco de alivio a mi tensión por retraso, y me alegró encontrar asientos libres; elegí uno contra la ventanilla y dejé la mirada perdida en el pasar de las veredas y brotes nuevos que la primavera traía. Y la frase volvió: “no espero a nadie”. Esperar. Esperar. Sin proponérmelo me encontré rumiando como en búsqueda de aquél registro que había sido activado por el niño. Un clic, una sinapsis de esas que no se explican, me llevó sin que me diera cuenta al viejo patio de la abuela en San Carlos. Mis primeros dos años y luego en cada vacación de verano, encontraba allí el afecto y ese incausado disfrute infantil; una tibieza de cercanía protectora, honda y sutil, de alimento y de cobijo. Cada día contenía la promesa de un descubrimiento en aquel inmenso jardín, prolijamente desordenado donde convivían flores y hortalizas, y entre ellas mis construcciones de caminos, casas y sueños en maderitas y piedras del terreno.
Pero al atardecer comenzaba en mí una inquietud difícil de describir. La espera. La espera de la llegada del tío. Él había vivido siempre con la abuela y junto a ella eran los pilares de apoyo de la enorme mesa del banquete afectivo de mi infancia. Una y otra vez me acercaba al portón y me asomaba para ver si él venía, y así decenas de veces podía recorrer en una tardecita el trecho que separaba el portón, de la gran cocina, paseando entre copetes naranjas, hortensias, y el perfume del arbusto de cedrón. Hasta hoy ese perfume es espera. Espera ansiosa pero dulce de la certeza feliz de que lo esperado, llega.
Hasta que por fin suena inconfundible el gancho del portón al abrirse y dispara la velocidad de mi latido. Corro a alcanzarlo, primero para el abrazo, luego para sujetar su bicicleta y ser yo quien la lleva a guardar en el viejo galpón. Si de mi voluntad depende, ni al baño lo dejo ir, para que de un solo movimiento esté sentado a la mesa y yo le acerque los elementos de nuestro ritual, cuidadamente preparados con antelación: el palo, el libol y el tapol. Sí, así fue que la historia guardó el nombre del palo, el libro y el trapo. El palo sobre el suelo permitía que el tío, petisón que lo es, apoyará su pie sobre él dejando el fémur en posición adecuada para que yo me sentara sin declives. El trapo, era un paño grueso que se apoyaba sobre la pierna del tío, debajo de mí, y prevenía de incomodidades higiénicas fruto de mi entusiasmo por estar allí sin interrumpir. El libro no era tal sino que podía ser un diario, una revista o cualquier impreso con dibujos o fotos y alguna letra; era el pretexto disparador de la ceremonia; él inventaba una historia acerca del dibujo y le seguían mis interminables preguntas que él respondía paciente con nuevas historias. Podía pasar muchas horas en eso. Ninguna otra cosa del universo existía. Era nuestra comunión y un estado de gloria para mí. El gran regalo a mi espera.
En el momento en que abro la puerta del edificio me encuentro a un niño sentado en el escalón, con la cabeza hundida entre las rodillas; se sobresaltó al verme; se veía vulnerable en el rostro tímido y cuerpo flaco de no más de cinco o seis años. También yo algo sorprendido improvisé: “¿esperas a alguien?”. Solo dejó salir un suave gesto de negativa y perdió la mirada hacia el frente por unos segundos antes de hundir la cabeza de nuevo, mientras contestaba muy bajo: “No, no espero a nadie”. No espero a nadie. La frase tocó en algún lugar dentro, no sé exacto qué, pero molestó en la boca del estómago. ¿Querría hablar o pedir algo? Quedé inmóvil unos segundos sin saber qué hacer, si es que debía hacer algo. Enseguida pude ver un hombre adulto en la vereda de enfrente con otro chico, menos pequeño, llamando a una puerta. Con ello sentí que quedaba más o menos armada la composición de lo que ocurría, y si bien aún estaba tocado, decidí continuar el camino.
El ómnibus no demoró, lo cual trajo un poco de alivio a mi tensión por retraso, y me alegró encontrar asientos libres; elegí uno contra la ventanilla y dejé la mirada perdida en el pasar de las veredas y brotes nuevos que la primavera traía. Y la frase volvió: “no espero a nadie”. Esperar. Esperar. Sin proponérmelo me encontré rumiando como en búsqueda de aquél registro que había sido activado por el niño. Un clic, una sinapsis de esas que no se explican, me llevó sin que me diera cuenta al viejo patio de la abuela en San Carlos. Mis primeros dos años y luego en cada vacación de verano, encontraba allí el afecto y ese incausado disfrute infantil; una tibieza de cercanía protectora, honda y sutil, de alimento y de cobijo. Cada día contenía la promesa de un descubrimiento en aquel inmenso jardín, prolijamente desordenado donde convivían flores y hortalizas, y entre ellas mis construcciones de caminos, casas y sueños en maderitas y piedras del terreno.
Pero al atardecer comenzaba en mí una inquietud difícil de describir. La espera. La espera de la llegada del tío. Él había vivido siempre con la abuela y junto a ella eran los pilares de apoyo de la enorme mesa del banquete afectivo de mi infancia. Una y otra vez me acercaba al portón y me asomaba para ver si él venía, y así decenas de veces podía recorrer en una tardecita el trecho que separaba el portón, de la gran cocina, paseando entre copetes naranjas, hortensias, y el perfume del arbusto de cedrón. Hasta hoy ese perfume es espera. Espera ansiosa pero dulce de la certeza feliz de que lo esperado, llega.
Hasta que por fin suena inconfundible el gancho del portón al abrirse y dispara la velocidad de mi latido. Corro a alcanzarlo, primero para el abrazo, luego para sujetar su bicicleta y ser yo quien la lleva a guardar en el viejo galpón. Si de mi voluntad depende, ni al baño lo dejo ir, para que de un solo movimiento esté sentado a la mesa y yo le acerque los elementos de nuestro ritual, cuidadamente preparados con antelación: el palo, el libol y el tapol. Sí, así fue que la historia guardó el nombre del palo, el libro y el trapo. El palo sobre el suelo permitía que el tío, petisón que lo es, apoyará su pie sobre él dejando el fémur en posición adecuada para que yo me sentara sin declives. El trapo, era un paño grueso que se apoyaba sobre la pierna del tío, debajo de mí, y prevenía de incomodidades higiénicas fruto de mi entusiasmo por estar allí sin interrumpir. El libro no era tal sino que podía ser un diario, una revista o cualquier impreso con dibujos o fotos y alguna letra; era el pretexto disparador de la ceremonia; él inventaba una historia acerca del dibujo y le seguían mis interminables preguntas que él respondía paciente con nuevas historias. Podía pasar muchas horas en eso. Ninguna otra cosa del universo existía. Era nuestra comunión y un estado de gloria para mí. El gran regalo a mi espera.
Un largo bocinazo y una frenada violenta me sacuden de repente. Vuelvo la mirada hacia la calle, y aún confuso apenas reconozco las veredas: me pasé de parada. Me pongo de pie y voy en dirección a la puerta del bus, leve, sin apuro; ya es otra la mañana. Muy otra. Hay un día por delante y una pregunta que me late detrás de cada pensamiento: ¿cómo regalar una espera?

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