La primavera montevideana tiene ese encanto que de un soplido
de aire tibio puede darse lo inesperado. Comí un almuerzo ligero, la mochila
con abrigo liviano por las dudas, las tardecitas traicionan; gorro, lentes,
algo de dinero y la cámara. El parque garantiza bajo esfuerzo de desplazamiento
y un día así congrega mucha gente, paseo, juegos en el pasto, mascotas,
bicicletas, pelotas, hamacas; excusas
varias para posibles buenas fotos del paisaje familiar dominguero. Quizá salí
demasiado temprano, éramos bien pocos
los paseantes. Me arrimé a una acacia
con amarillos muy marcados; el tronco creció arqueado hasta apoyar en el suelo,
con lo que dibujaba atractivas curvas entre follaje y flores, con buenos contrastes.
El olor de la flor era un amargo-seco intenso, pero apenas me acerqué al pasto
tras un ángulo favorable de enfoque, los rastros fecales quien sabe si humanos
o caninos, barrieron de un soplo toda poesía olfativa; hice tres o cuatro
disparos desde una incómoda posición que buscaba evitar apoyar siquiera una
rodilla en el suelo y cuando ya decidí que era suficiente el malestar, me
intenté poner de pie apoyado en lo que creí sería una piedra, pero no, cedió a
la presión y caí sobre mi costado derecho mientras lograba mantener la máquina
a salvo. Una caja de cartón gris, como de zapatos, cerrada con varias vueltas
por lo largo y ancho con cinta de embalaje.
Es ya un acto verificado que luego de cualquier caída lo
primero que chequeo es la máquina. Luego, si estoy herido, y por último la
ropa, rota, sucia, es el menos importante problema. Corrijo, ni siquiera es un
problema. Ahora, la caja. La miré desde arriba con dudas de qué hacer. Muy
limpia, un ligero abollón que ocurrió al apoyarme sobre ella. Lo clásico
humano: mirar a ver quién anda cerca. Nadie a la vista. Me agaché y la levanté;
era liviana, sin una señal, nombre, etiqueta, raya. Nada. Algo nervioso pero
resuelto, arranqué las cintas y la abrí. Tickets, o entradas. Decenas de libretas
muy ordenadas de lado a lado de la caja y hasta arriba. Muchas entradas. Muchas
y para todo. Sí; estaba muy claro explícito e indudable: para todo. Tengo el recuerdo del asombro, suerte de
confusión y curiosidad que no dio ni para alegría ni preocupación, pero sin
embargo a los pocos instantes ya sabía qué hacer. A pocos metros de donde
estaba había una cancha de fútbol de los llamados clubes chicos y se percibía
el agite de la previa: carro de chorizos,
postulantes a cuida-coches,
policía en ronda, una gran comunidad en torno al ruido, humo y olores
tan variados como indescifrables.
Volqué el montón de talonarios dentro de la mochila, salvo uno, y arranqué
hacia la primera puerta. De camino corté
una entrada y guardé la libreta en un bolsillo del vaquero. Al llegar noté la
mirada algo sorprendida del portero que buscó el gesto cómplice de sus
compañeros de tarea. Ni buenas tardes. Pasé de largo y quince metros después ya
estaba en la tribuna con todo el estadio para mí solo. Completamente para
mí. Era la tribuna principal con palcos
y todo, aunque dígase, bastante humildes
por no decir maltrechos. Al lado de los palcos debía estar el mejor lugar,
pensé, y allí fui. Se veía muy bien y allí quedé detenido en detalles que me
resultaban novedosos: un señor con tarro y brocha retocaba las líneas de la
cancha, otro más joven y con ayuda de una escalera colocaba la red del arco que
aún faltaba. Éramos las tres personas visibles en el estadio. El sol pegaba
duro y no sabía cuánto faltaba para el partido, pero seguro que lo suficiente
como para moverme a elección y sin apuros. Puede ser buena idea ir a la tribuna
de enfrente; hasta tiene algún árbol
detrás de los asientos y lugares de sombra y media sombra. O sol y medio sol, qué sé yo. Tenía más tiempo y más
entradas de las que podía gastar; es decir,
todas las condiciones para elegir.
Y allá fui. Al salir por la misma puerta que había entrado
diez minutos antes, las antes confusas caras, ahora eran caras por completo
desconcertadas. No me intranquilizó en absoluto esa cuestión. Nuevas visiones
de campo me esperaban. Estas canchas chicas tienen la virtud de que no se tarda
más de tres o cuatro minutos desde una puerta hasta la opuesta. Había menos
gente allí; probable que fuera la tribuna para el cuadro visitante, pensé, lo
cual no era un dato relevante: no adhería a ninguno de los cuadros que se
enfrentaban. En realidad no adhería a ningún cuadro, así y sin más. Podría agregar que era al primer partido de fútbol
que asistía luego del mundialito del 80 para el que el tío Esteban había sacado
abonos. La tribuna tenía solo cuatro filas de asientos y sobre el centro de la
cancha daba esa sombra ansiada que veía desde el frente. Lo que desde el frente
no veía era la sostenida corriente de aire que de fresco molesto pasaba a frío
de a ratos y no bien fuera bajando el sol sería cada vez más incómodo. Me moví
hacia un lado donde no había árbol y había sol, y estaba bien. Pero muy de
costado. Si volviera enfrente y me pusiera el gorro, para el arranque del partido
la altura del sol daría una bienvenida calidez en una tribuna más grande, mejor
resguardada del viento. Sería lo mejor, y fui. Para evitar repetición de
conjeturas sin sentido en el personal del estadio, opté por salir por la puerta
que daba a la otra punta de la cancha, y de paso aproveché a entrar a la tribuna principal por
un acceso distinto al de la primera vez. Volví a echar mano al talonario del
bolsillo, cual adinerado exitoso artista que suelta propina en la entrada del
hotel. Esta vez ya éramos algunos más en la tribuna, veinte, veinticinco quizá,
no daría para disputa de espacios, aunque sí: un grupete juvenil se amontonó
justo al costado del palco de arriba, y entre risas, alcoholes y músicas, era
señal que allí no estaba mi sitio. Pues bien, estaba el otro lado del palco y
para ahí fui, me senté y sentí que ese sí era mi lugar, por fin. Pero no. Eso
de los soplidos primaverales y sus caprichos, quiso que el humo del carrito de
chorizos me envolviera por completo en repetidas ráfagas. Tampoco era allí mi
lugar. Entradas tenía, muchas aún. Recién estaba en uso de la primera libreta
de veinte o treinta más que había en la mochila, libretas de tiempo ya eran
menos. Debía encontrar ese lugar
confortable, de buena visión, clima adecuado y sin elementos turbadores. Vi que
en la tribuna pequeña de enfrente podía no ser tan agitada, ni humos ni chicos
adherentes eufóricos; un perfil más bajo, digamos, y en un lateral daba el sol,
y sí, no se vería tan bien, pero ya se sabe, todo no se puede. Decidí que sería
bueno eso y me puse en movimiento. Ya no había puertas por las que no repetir
la pasada pero no solo no me importaba eso, sino que me jactaba de esa libertad
de la que hacía uso, un poder superior a paso largo, pecho erguido y sonrisa de
suficiencia.
El (re) ingreso a la tribuna que llamé “menor” fue sin
sobresaltos ya que el personal ahora estaba más ocupado con otros ingresos y ni
se enteraron de mis exploraciones libertarias. Crucé directo hacia aquél punto
de sol que había divisado desde el frente. Ya éramos un grupo en la tribuna y
si bien podía elegir cómodo el lugar, ni los contaba tan fácil ni lograba estar
a menos de metro y medio del más lejano. Encontré un buen lugar, tranquilo,
sol, sin viento, sin agite, sin humo. Mi alma reposó en la por fin lograda
conquista del buscado lugar. Reposo que duró los diez minutos en que los tres
muchachos que tenía dos filas delante empezaran a agitar sus banderas y quedara
visible algo menos de la mitad de la cancha sin que al menos pudiera prever
cuál mitad sería la visible. Estuve a punto de hacerles sentir mi queja pero
dadas las noticias a las que nos acostumbra este deporte, callé. Mi ánimo empezaba
a cambiar. Todavía habían entradas, muchas, y tiempo cada vez menos. Salí,
entré, salí, entré, elegí un lugar ya sin mucha opción y 19 de las 20 personas
que me rodeaban fumaban todo el tiempo. Me corrí y decidí quedar ahí como
fuera, pero a los tres minutos el niño que lloraba de continuo a mi izquierda vomitó abundante y
el fluido corría lento y espeso bajo mis pies. Está bien, cruzo enfrente. Ya
estaba casi lleno también allí, pero lugar para uno casi siempre hay; estaba
bien al ras de cancha, lo cual es decir que no ve casi nada de lo que ocurre
veinte metros más lejos, pero igual resolví no moverme más dado que los
jugadores estaban en la cancha, el partido por comenzar y mi paciencia ya por
terminar. Empezó el partido y se levantó una euforia de gente de pie, gritos,
cantos, insultos continuos; es decir, nada ajeno a quien conozca algo de las
rutinas de cancha, que no era mi caso. Con la mirada a la altura del juego y la
fila de adelante todos de pie contra el tejido, no veía nada. Vi que enfrente y
bien arriba quedaban uno o dos lugares, debía hacer un último intento más por
ver algo, y lo hice. Esta vez era una columna con anuncio publicitario que tapaba un arco por
completo. Cambié de tribuna y tocó un borracho que me abrazaba en cada tiro al
arco de cualquiera de los equipos. Eso es un amante del deporte, pensé.
Entradas quedaban, recién iba la segunda talonera, tiempo no, pero seguí
intentando. Ahora la puerta estaba abierta sin porteros, solo guarda policial. Con una entrada en la mano y cientos más en
el bolso y nadie que me la pida, me detuve mientras el malón de gente salía y me
pechaba. No me moví. No pregunté. Ni el resultado, ni quién jugó.
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