lunes, 20 de julio de 2015

un sueño partido

La primavera montevideana tiene ese encanto que de un soplido de aire tibio puede darse lo inesperado. Comí un almuerzo ligero, la mochila con abrigo liviano por las dudas, las tardecitas traicionan; gorro, lentes, algo de dinero y la cámara. El parque garantiza bajo esfuerzo de desplazamiento y un día así congrega mucha gente, paseo, juegos en el pasto, mascotas, bicicletas, pelotas, hamacas;  excusas varias para posibles buenas fotos del paisaje familiar dominguero. Quizá salí demasiado temprano, éramos bien  pocos los paseantes.  Me arrimé a una acacia con amarillos muy marcados; el tronco creció arqueado hasta apoyar en el suelo, con lo que dibujaba atractivas curvas entre follaje y flores, con buenos contrastes. El olor de la flor era un amargo-seco intenso, pero apenas me acerqué al pasto tras un ángulo favorable de enfoque, los rastros fecales quien sabe si humanos o caninos, barrieron de un soplo toda poesía olfativa; hice tres o cuatro disparos desde una incómoda posición que buscaba evitar apoyar siquiera una rodilla en el suelo y cuando ya decidí que era suficiente el malestar, me intenté poner de pie apoyado en lo que creí sería una piedra, pero no, cedió a la presión y caí sobre mi costado derecho mientras lograba mantener la máquina a salvo. Una caja de cartón gris, como de zapatos, cerrada con varias vueltas por lo largo y ancho con cinta de embalaje.

Es ya un acto verificado que luego de cualquier caída lo primero que chequeo es la máquina. Luego, si estoy herido, y por último la ropa, rota, sucia, es el menos importante problema. Corrijo, ni siquiera es un problema. Ahora, la caja. La miré desde arriba con dudas de qué hacer. Muy limpia, un ligero abollón que ocurrió al apoyarme sobre ella. Lo clásico humano: mirar a ver quién anda cerca. Nadie a la vista. Me agaché y la levanté; era liviana, sin una señal, nombre, etiqueta, raya. Nada. Algo nervioso pero resuelto, arranqué las cintas y la abrí. Tickets, o entradas. Decenas de libretas muy ordenadas de lado a lado de la caja y hasta arriba. Muchas entradas. Muchas y para todo. Sí; estaba muy claro explícito e indudable: para todo.  Tengo el recuerdo del asombro, suerte de confusión y curiosidad que no dio ni para alegría ni preocupación, pero sin embargo a los pocos instantes ya sabía qué hacer. A pocos metros de donde estaba había una cancha de fútbol de los llamados clubes chicos y se percibía el agite de la previa: carro de chorizos,  postulantes a cuida-coches,  policía en ronda, una gran comunidad en torno al ruido, humo y olores tan variados como indescifrables.

Volqué el montón de talonarios  dentro de la mochila, salvo uno, y arranqué hacia la primera puerta.  De camino corté una entrada y guardé la libreta en un bolsillo del vaquero. Al llegar noté la mirada algo sorprendida del portero que buscó el gesto cómplice de sus compañeros de tarea. Ni buenas tardes. Pasé de largo y quince metros después ya estaba en la tribuna con todo el estadio para mí solo. Completamente para mí.  Era la tribuna principal con palcos y todo, aunque dígase,  bastante humildes por no decir maltrechos. Al lado de los palcos debía estar el mejor lugar, pensé, y allí fui. Se veía muy bien y allí quedé detenido en detalles que me resultaban novedosos: un señor con tarro y brocha retocaba las líneas de la cancha, otro más joven y con ayuda de una escalera colocaba la red del arco que aún faltaba. Éramos las tres personas visibles en el estadio. El sol pegaba duro y no sabía cuánto faltaba para el partido, pero seguro que lo suficiente como para moverme a elección y sin apuros. Puede ser buena idea ir a la tribuna de enfrente; hasta tiene algún árbol  detrás de los asientos y lugares de sombra y media sombra. O sol y  medio sol, qué sé yo. Tenía más tiempo y más entradas de las que podía gastar; es decir,  todas las condiciones para elegir.

Y allá fui. Al salir por la misma puerta que había entrado diez minutos antes, las antes confusas caras, ahora eran caras por completo desconcertadas. No me intranquilizó en absoluto esa cuestión. Nuevas visiones de campo me esperaban. Estas canchas chicas tienen la virtud de que no se tarda más de tres o cuatro minutos desde una puerta hasta la opuesta. Había menos gente allí; probable que fuera la tribuna para el cuadro visitante, pensé, lo cual no era un dato relevante: no adhería a ninguno de los cuadros que se enfrentaban. En realidad no adhería a ningún cuadro, así y sin más. Podría  agregar que era al primer partido de fútbol que asistía luego del mundialito del 80 para el que el tío Esteban había sacado abonos. La tribuna tenía solo cuatro filas de asientos y sobre el centro de la cancha daba esa sombra ansiada que veía desde el frente. Lo que desde el frente no veía era la sostenida corriente de aire que de fresco molesto pasaba a frío de a ratos y no bien fuera bajando el sol sería cada vez más incómodo. Me moví hacia un lado donde no había árbol y había sol, y estaba bien. Pero muy de costado. Si volviera enfrente y me pusiera el gorro, para el arranque del partido la altura del sol daría una bienvenida calidez en una tribuna más grande, mejor resguardada del viento. Sería lo mejor, y fui. Para evitar repetición de conjeturas sin sentido en el personal del estadio, opté por salir por la puerta que daba a la otra punta de la cancha, y de paso  aproveché a entrar a la tribuna principal por un acceso distinto al de la primera vez. Volví a echar mano al talonario del bolsillo, cual adinerado exitoso artista que suelta propina en la entrada del hotel. Esta vez ya éramos algunos más en la tribuna, veinte, veinticinco quizá, no daría para disputa de espacios, aunque sí: un grupete juvenil se amontonó justo al costado del palco de arriba, y entre risas, alcoholes y músicas, era señal que allí no estaba mi sitio. Pues bien, estaba el otro lado del palco y para ahí fui, me senté y sentí que ese sí era mi lugar, por fin. Pero no. Eso de los soplidos primaverales y sus caprichos, quiso que el humo del carrito de chorizos me envolviera por completo en repetidas ráfagas. Tampoco era allí mi lugar. Entradas tenía, muchas aún. Recién estaba en uso de la primera libreta de veinte o treinta más que había en la mochila, libretas de tiempo ya eran menos.  Debía encontrar ese lugar confortable, de buena visión, clima adecuado y sin elementos turbadores. Vi que en la tribuna pequeña de enfrente podía no ser tan agitada, ni humos ni chicos adherentes eufóricos; un perfil más bajo, digamos, y en un lateral daba el sol, y sí, no se vería tan bien, pero ya se sabe, todo no se puede. Decidí que sería bueno eso y me puse en movimiento. Ya no había puertas por las que no repetir la pasada pero no solo no me importaba eso, sino que me jactaba de esa libertad de la que hacía uso, un poder superior a paso largo, pecho erguido y sonrisa de suficiencia.


El (re) ingreso a la tribuna que llamé “menor” fue sin sobresaltos ya que el personal ahora estaba más ocupado con otros ingresos y ni se enteraron de mis exploraciones libertarias. Crucé directo hacia aquél punto de sol que había divisado desde el frente. Ya éramos un grupo en la tribuna y si bien podía elegir cómodo el lugar, ni los contaba tan fácil ni lograba estar a menos de metro y medio del más lejano. Encontré un buen lugar, tranquilo, sol, sin viento, sin agite, sin humo. Mi alma reposó en la por fin lograda conquista del buscado lugar. Reposo que duró los diez minutos en que los tres muchachos que tenía dos filas delante empezaran a agitar sus banderas y quedara visible algo menos de la mitad de la cancha sin que al menos pudiera prever cuál mitad sería la visible. Estuve a punto de hacerles sentir mi queja pero dadas las noticias a las que nos acostumbra este deporte, callé. Mi ánimo empezaba a cambiar. Todavía habían entradas, muchas, y tiempo cada vez menos. Salí, entré, salí, entré, elegí un lugar ya sin mucha opción y 19 de las 20 personas que me rodeaban fumaban todo el tiempo. Me corrí y decidí quedar ahí como fuera, pero a los tres minutos el niño que lloraba  de continuo a mi izquierda vomitó abundante y el fluido corría lento y espeso bajo mis pies. Está bien, cruzo enfrente. Ya estaba casi lleno también allí, pero lugar para uno casi siempre hay; estaba bien al ras de cancha, lo cual es decir que no ve casi nada de lo que ocurre veinte metros más lejos, pero igual resolví no moverme más dado que los jugadores estaban en la cancha, el partido por comenzar y mi paciencia ya por terminar. Empezó el partido y se levantó una euforia de gente de pie, gritos, cantos, insultos continuos; es decir, nada ajeno a quien conozca algo de las rutinas de cancha, que no era mi caso. Con la mirada a la altura del juego y la fila de adelante todos de pie contra el tejido, no veía nada. Vi que enfrente y bien arriba quedaban uno o dos lugares, debía hacer un último intento más por ver algo, y lo hice. Esta vez era una columna con  anuncio publicitario que tapaba un arco por completo. Cambié de tribuna y tocó un borracho que me abrazaba en cada tiro al arco de cualquiera de los equipos. Eso es un amante del deporte, pensé. Entradas quedaban, recién iba la segunda talonera, tiempo no, pero seguí intentando. Ahora la puerta estaba abierta sin porteros, solo guarda policial.  Con una entrada en la mano y cientos más en el bolso y nadie que me la pida, me detuve mientras el malón de gente salía y me pechaba. No me moví. No pregunté. Ni el resultado, ni quién jugó.

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