![]() |
| Capilla Cabildo, set 2015 - Pino |
Se
imponía sacudir la tristeza difusa de domingo a la tarde y el recurso estaba
ahí: bicicleta y rambla con sol, calidez, apenas un aire fresco de los que
avisa que todavía es invierno aunque ya con brotes y cometas. De camino al este
la natural aglomeración pocitense sumaba un agite importante: fila de ómnibus
contratados, jóvenes sonrisas eufóricas frente a un estrado musical y entre todo eso unos
ropajes religiosos; curas y monjas en medio del barullo en la explanada del
viejo Kibón. Desde una distancia razonable
no era el único curioso que contemplaba el llamativo pogo rockero a la
voz de “oh, señor, tú eres todo para mí.” Raro.
Llevaba
un par de minutos liberando el asombro cuando una pequeña a mi costado preguntó
con voz a media lengua a la joven dama que la acompañaba: “¿qué hay ahí?”. La
muchacha dudó unos segundos, quizá por no saber qué responder, hasta que
soltó como al descuido “es un
concierto”. Respuesta precisa, pensé. Para una niña de esa edad está bien, tema
cerrado y no era del todo mentira. Ella pareció dar esa señal de satisfecha.
En
cambio yo me llevé en cada pedaleada a la niña y a la que ya es una más entre
esos jóvenes que saltan con alegría, abrazos, fotos, un espectacular combo de
playa y bahía, parque Kibón, cartel de Montevideo diverso a todo color,
desnivel de buen césped para la perspectiva y un barquito de fondo en un día
brillante. Todo en el marco de un gran encuentro espiritual. Bingo en el paraíso terrenal.
Oh, Dios,
cuánto vacío llenado de nombre dios. Pero claro, es crudo el invierno del alma
flaca a la intemperie. Nuestra historia es la historia de la evolución de
diferentes salvavidas del ánimo con formatos en extremo diversos: hombre
nuevo, utopía socialista, buscadores del
atman, o la vía menos elaborada del
sexo, alcohol, dependencia o posesión de pareja. El mercado es amplio. El caso
es que todos cargamos un pastabasero más
o menos camuflado.
Falta
un aire en el que respire dios y el ahogo busca al ídolo o guía que engañe y
convenza que en algún momento no estaré tan solo, perdido y sin brújula. Algo,
algo que rescate y prometa devolver
aquello que creí haber tenido un día y perdí o alguien rompió. Pedaleo
con el grito trancado en la agónica e inútil búsqueda de un amor a la
medida del agujero de mi existencia, un amor que no existe y que jamás podrá
obtenerse de humano alguno; específico, exacto, proporcional e inverso a lo que
nos destrozaron desde el minuto siguiente al que fuimos huevo. Ahí nos jodimos y desde ahí no habrá dios que
nos rescate.
Difícil.
Y si cada tiempo ha tenido su zancadilla a la evolución humana, la tecnología
es hoy un hondo mar, muy negro. Cuánto dios es necesario para compensar la
estúpida dependencia de autofotitos con mango para existir o difundir en redes
virtuales lo que comemos y varios “me
gusta” para sentir que estamos vivos.
Pobre
niña. Algo elegirá para sobrevivir: un despacho de alta ejecutiva o las cámaras
de una actriz famosa. Una intelectual destacada de renombre o un importante
señor o señora con dinero que la ame. Alguien o algo la deberá hacer sentir
importante. A ella, a mí. Lo que sea que me haga sentir un otro menos miserable
que ese que me habita.
De
nada hubiera servido que le dijera a la niña o a la dama que tengo mi dios pero
que no creo en él porque mi dios no es de creer. Inútil si le explico que mi
dios es más simple que todo lo que puedo
ser. Es existencia, es cuerpo humano de cabeza dentro del contenedor, es
la flor de la pasionaria y una bala perdida en camino a la cabeza del señor que
espera el ómnibus; los suaves acordes de un violín, es El beso de Klimt y el
pensamiento de un caracol.

No hay comentarios:
Publicar un comentario