Capricho creador que nos hizo débiles, tan jodidamente débiles.
Claro que no nos dejó así nomás: puso el discernimiento, como para ir separando un poco paja de trigo; agregó una dosis de libertad como para desafiar a ver qué hacíamos con eso. Y para terminar de complicarla puso ese toque singular y definitivo para que la historia sea como es: la voluntad.
Y ahí tenemos esa montaña de miseria que somos, con
discernimiento para el control remoto de la tv o para el me gusta del facebook;
la libertad para consumir, putear y
votar; más una voluntad corroída por la única y falsa creencia de que sólo un
poco de placer tiene sentido para aliviar el dolor. No existe nada más. O casi.
Y sí. Soy -también- eso. Los caprichos no piensan en el desenlace a largo plazo.
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