martes, 15 de septiembre de 2015

sin orilla en la ciudad

Para quien navega en el dolor existe una orilla y se llama alivio. En la sala de espera abrí al azar la primera revista  que encontré y un titular anestesió de un toque a la jodida muela: “Montevideo, ciudad elegida como mejor lugar para vivir.” No la elijo ni para morir, pensé. Enseguida pude ver que era la página de humor. Abandoné el artículo pero quedé prendido en el planteo con el agrado no consciente de que la muela ahora no molestaba.

¿Es tan mala ciudad?, me pregunté. No hay “una” ciudad. Es una para el turista que vino por seis horas y otra para el que vino por seis días. O si visitó amigos y conoció más lugares no turísticos,   casas diferentes. Si nací en Carrasco al sur, o Cerro o Borro, no veo la misma ciudad. El camino de vuelta del dentista lo disfruto entre bonitas casas de barrio, es tranquilo y con un tramo de parque, pero si me doliera la muela, no sería igual. Y si tuviera hambre o me faltara abrigo,  tampoco. La baldosa de la vereda es distinta si la pisa un champión con cámara de aire, un pie descalzo o  una suela rígida con taco alto. Si salí de trabajar o estoy de paseo o si no trabajo. Si crecí en esta ciudad entre abrazos o entre palos, tendré una mirada con las marcas de eso. 

No veo una ciudad sino muchas fragmentadas con un sinuoso muro móvil que crece por lo largo y alto. El grito en el cruce de la esquina y el destrato en la cola del súper, los dueños de toda verdad con capacidad de ofensa irrestricta en el mundo virtual, el afecto de ese otro con quién más comparto también tiene su muro de ajenidad intolerante. El rico teme por sus posesiones, el pobre por la condena a no ser y el del medio mira como en partido de tenis, teme a un poco de ambas y a la culpa de no hacer nada para cambiar algo. Humanos egóticos comidos poco a poco por más y más miedo que refuerza la división con rejas, alambrado eléctrico, perros-fieras, cámaras, alarmas y más alarmas, que no falte el ruido. Alarmas en casas, autos, comercios, y no sabemos ni importa si viene una ambulancia, la policía o bomberos. Y por si algún silencio logra meterse, tengo auriculares para el celular. Y pantalla por delante para no ver. Bienvenida, tormenta de estímulos que tape los gritos de miseria que nos aturdirían desde el silencio hoy tan esquivo. Modernidad líquida, le llaman a ese lago oscuro y difuso de miedos e histeria que baña de supuesto aire colectivo a nuestra ciudad.


Allí navego día tras día  en el intento infantil de huir, autoengañado de no pertenecer a ese lugar,  nado en un capricho eterno de braceo estéril, condenado a ser consciente algún día de que abandoné una orilla y que no llegaré a la otra. No llegaré y seré de ninguna parte. Lo asumo. Pero ante quien sostenga que solo existe el río y no existen las orillas, diré que admiro la poesía pero -por favor-  que el verso ansioso tras la belleza no atropelle al alma, y menos aún si  ella  flota, sola, en medio de la correntada con la esperanza intacta.

1 comentario:

  1. Sabio caminante, un observador que va sacando fotos por toda la ciudad, que con cada fragmento logra armar una sola casa.

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