Hundir
la pisada. No poca dicha estar cerca del parque
y recorrerlo
sin gente luego
de la lluvia, piso
lo húmedo y blando que
amortigua el
desgano y el invierno,
toco el
color vivo del pasto, hojas y troncos, eludo el
barro no sin fantasear con dejarme caer de cara, planchado de brazos
abiertos sobre él. Pero no, no esta vez. Me contento con bordear
charcos y apoyar la melancolía en la hamaca húmeda, vacía. El niño
no está, claro. Acepto con nostalgia que por momentos aún lo busco
y con más razón en el parque. Aquel niño, aquel parque, aquel aire
imprescindible.
Inhalo hondo
y lento mientras
se suelta
una lágrima; estoy lleno y es posible que reviente. Sí, no
es una utopía reventar; de hecho hasta hay festivos espectáculos de
gobierno donde destruyen una obra maestra y la gente se pone de pie y
aplaude; le llaman implosión a eso de reventar hacia adentro; ¿por
qué yo no? Lo sorpresivo es la revelación de que no reviento por de falta de aire sino por exceso de agua. Lágrimas que no dejé salir, sudor guardado por no dar pelea; solo sale un sudor leve y frío, el del miedo. Miedo a casi todo pero más que nada al miedo. Como cuando siento que se tapa ese pequeño cardio-resorte y ya no pasará más sangre por él, ahí aparece el sudor y una lágrima hacia adentro por lo poco y pobre que exhibe ese supuesto túnel final. Me hago la desagradable composición del gran caos debajo de la piel donde la sangre se desparrama y así de espontánea improvisa un discreto laboratorio con mezclas de saliva, pus, orina, mierda, todo espesado con delicadeza por pequeños trozos de órganos que ya no se diferencian. Todo ganó una homogeneidad que hasta tiene su encanto; algo disfuncional, claro. Tan disfuncional como me muestra ese charco, que no licuó las partes porque aún no he reventado, las partes están todas o casi, donde tienen que estar, pero no encajan, cada una habita en lo suyo como con su telefonito inteligente, desconectada del resto. Si apareciera tendido en medio de la calle hecho trizas por un auto, pudo ser por mirar el celular, pero si es enterrado de bruces en el barro, conste que fue por opción, pura atracción y fantasía de barro. Él sabe de ajustarse y en cada pisada manda un recordatorio de que participo para bien y para mal de su laxa condición, me avisa que guardo una esperanza utópica de acomode, de encajar piezas y rellenar allí, donde anidan los vacíos de sentido. Barro que contemple el ansia de hundir raíz para ser planta, flor, árbol o yuyo, lo que sea pero ser; ser con lo que hay, y ya no más fantasía de semilla, promesa de no sé qué, o vida de bolsa plástica a la deriva de vientos enganchada de a ratos en algo que se cruzó. Ansia de escapar a la condena cotidiana del ascensor, bicho metálico cruel que prescinde de suelo, barro o lluvia; cápsula de jodida de elegancia falsa, honesta en el gris y en los espejos que devuelven aquello que entra y sube, baja y sale cada porfiado día, luces y reflejos que me repiten y repiten, como si con uno no fuera suficiente. El barro no, el barro es barro, cede cuando piso y no repite lo inexistente.
* texto producto del trabajo-consigna en Máquina de Escribirnos.
Quiero comentar y no quiero que sobren palabras… Repito: profundo y turbador.
ResponderEliminarLudmilla
Son dos palabras que por sí solas dicen bastante.
ResponderEliminar¡Gracias!